Por: Giuseppe Caputo, Nueva York.
Maurice Sendak no tuvo infancia. Al menos era esto lo que el autor de Donde viven los monstruos aseguraba ante cualquier intento de los medios o de sus lectores de hallar una conexión entre su biografía y la portentosa imaginación que atraviesa su obra.
Nacido en Brooklyn, Nueva York, en 1928, e hijo de inmigrantes polacos, Sendak describía su niñez como un tiempo signado por influencias contradictorias: el respeto escrupuloso por las leyes judías que le imponían sus padres, por un lado, y la convulsión de los años treinta, por el otro.
Sendak también recordaba sus primeros años como un tiempo de enfermedades y eventos terribles: la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. “Si llegaba tarde a cenar mis padres me hablaban de los niños que tenían mi edad y que nunca podrían cenar en sus casas. Niños que eran buenos con sus madres y que habían muerto en los campos de concentración. Me decían una y otra vez lo afortunado que era. Yo odiaba a las personas que murieron en el Holocausto: las odiaba por haberse muerto, porque solo traían escenas violentas a mi casa”, afirmó en el 2003 a la Radio Pública Nacional de Estados Unidos.
Según el escritor Dave Eggers, nadie ha estado tan en contacto con el subconsciente trastornado y claroscuro de los niños como Sendak: “De niño solo pensaba en la muerte. Pero no puedes decirle eso a tus padres”, mencionó Sendak.
La ambigüedad de los monstruos
La primera obra que Maurice Sendak escribió e ilustró se llama La ventana de Kenny (1956), una historia con tintes oníricos sobre la vida interior de un niño. A ese libro le siguieron dieciséis más, entre los que sobresale la trilogía formada por Donde viven los monstruos, In the Night Kitchen y Outside Over There. Sendak rompió con las historias que impregnaban la literatura infantil, que tenían como protagonistas a niños juiciosos que aprendían moralejas, y creó personajes testarudos, mandones y odiosos, todos cruzados por su melancolía perenne.
Donde viven los monstruos es la obra que lo consagró. Publicada en 1963, cuenta la historia de Max, un niño que, al ser castigado por su madre y encerrado en un cuarto, imagina que las paredes se convierten en el mundo entero. Max, entonces, navega “a través del día y de la noche, entrando y saliendo por las semanas” a una isla donde viven monstruos que celebran su visita y lo coronan rey.
En Ángeles y monstruos. La poética arquetípica de Maurice Sendak, el crítico John Cech sostiene que la energía vital e imaginativa del encuentro de Max con los monstruos fue uno de los eventos que ayudó a dar inicio al espíritu de liberación de los años sesenta: “Desde entonces los libros de Sendak hacen comentarios sociales y, por extensión, políticos sobre la naturaleza de la infancia y la importancia que tiene la niñez en la memoria personal y como fuente de creatividad y símbolo cultural”.
“Mi primera experiencia con ese libro fue… no pude leerlo —cuenta, por su parte, Eggers—. Mi madre pensó que la historia me encantaría porque yo era un niño como Max: salvaje e hiperactivo. Pero la historia me asustó por la ambigüedad de los monstruos: no estaba claro si eran buenos o malos, si se comerían a Max o no”.
Sendak contaba que se valió del recuerdo de unos parientes europeos para dibujarlos: “Ellos no hablaban inglés. Nos agarraban y espichaban la cara, creían que estaban siendo cariñosos. Y con mis hermanos pensábamos que serían capaces de comernos. Los monstruos, entonces, son extranjeros perdidos en América, sin lenguaje. Y nosotros estábamos petrificados de miedo ante ellos”.
Según The New York Times, la historia de Max sacó los libros-álbum de las guarderías y otros lugares seguros “para llevarlos a los recreos oscuros, tenebrosos e inquietantes de la psiquis humana”. Sendak, sin embargo, fue criticado por padres, maestros, psicólogos y bibliotecarios. Su obra, a fin de cuentas, hizo un retrato de los niños como son y no como deberían ser desde el punto de vista de los adultos.
En 1964 recibió la Medalla Caldecott (el Premio Pulitzer de la literatura infantil estadounidense) por Donde viven los monstruos. En su discurso de aceptación, Sendak abordó la preocupación de los padres por proteger a los niños de cualquier experiencia dolorosa: “Hasta cierto punto podemos prevenir una exposición prematura a tales experiencias. Eso es obvio. Pero lo que no es obvio y lo que suele pasarse por alto es que nos enfrentamos desde los primeros años de vida con emociones disruptivas, que el miedo y la ansiedad son una parte intrínseca del día a día, que los niños lidian con la frustración desde temprano”.
Donde viven los monstruos ha vendido más de quince millones de ejemplares en todo el mundo y se ha convertido en uno de los diez libros para niños más vendidos de todos los tiempos.
“Yo no escribo para niños”
En una entrevista ilustrada por Art Spiegelman, autor de Maus, para The New Yorker, Sendak renegó de las categorías a las que el público, lo editores y la crítica sometían a sus obras: “Libros para niños, libros para adultos: todo eso es marketing. Los libros son libros”.
“Nunca ha sido mi intención hacer felices a los niños”, confesó Sendak al comediante Stephen Colbert. “O hacer que sus vidas sean mejores. O más fáciles. Los niños me gustan tan poco como los adultos. O quizás un poco más porque los adultos no me gustan para nada”.
Ser gay: de la decepción al desinterés
Maurice Sendak murió el pasado 8 de mayo de un infarto. Esa misma semana el presidente Barack Obama expresó su apoyo al matrimonio gay. Para abordar el tema y rendir un homenaje a Sendak, quien vivió medio siglo con su pareja, el psicoanalista Eugene Glynn, la escritora e ilustradora Ella German presentó a The New Yorker una propuesta de portada titulada “Los gays”: en la ilustración aparece Max en la boda de dos monstruos, ambos con corbatines. Aunque la propuesta de German fue rechazada, pasó a ser una de las célebres Blown Covers(cubiertas rechazadas) de la publicación.
Sendak se declaró gay públicamente en el 2008. “Descubrirme homosexual fue un shock y una decepción. Yo no quería ser gay: hay una parte de mí que es puro Brooklyn, sólidamente convencional. Lo único que quería era ser heterosexual para que mis padres fueran felices. Los niños protegen a sus padres. Ellos nunca, nunca lo supieron”, dijo a The New York Times.
Sendak también reconocía que la idea de un hombre gay escribiendo “libros para niños” habría podido perjudicar su carrera: ilustró más de cien obras, algunas de clásicos como Tolstoi, Melville y Andersen, y en septiembre del 2011 publicó Bumble-Ardy, el primer libro que escribió e ilustró en treinta años. “Mientras lo hacía estaba intensamente consciente de la muerte”, confesó en una de sus últimas entrevistas. “Eugene, mi amigo y compañero, estaba muriendo. Escribí ese libro para salvarme”.
Sobrevivir a la duplicidad del mundo
Sendak ha sido llamado el Picasso de los libros para niños, el artista de libros para niños más importante del siglo XX, un héroe cultural, uno de los hombres más poderosos de los Estados Unidos.
En Ángeles y monstruos, Cech afirma: “Su trabajo ha provocado controversias porque trabajó temáticas que constituyen una parte muy íntima de la experiencia pero que son consideradas tabú por el autor de libros para niños: ira explosiva, frustración, el polimorfo reino de los sueños y de las fantasías psicosexuales, intensas rivalidades fraternas, angustia existencial, muerte. Sendak le ha dado a estas emociones una forma y las situó en la geografía colectiva de la psiquis humana”.
No hay en su literatura una castración de la verdad ni de la vida. Su universo sobrevive y trasciende todas las duplicidades —las paredes y el mundo, el niño y el monstruo, el hijo y los padres, lo amable y temible, lo culto y salvaje— para crear, valga el oxímoron, hermosísimas pesadillas.
Fuente: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial/articulo/maurice-sendak/28825
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